Jaisalmer puede ser cualquier lugar: cualquier lugar puede ser Jaisalmer. Un lugar donde el vuelo extremadamente sedoso de las bandadas de palomas nos alcance sin apenas rozarnos.

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Los lugares nos quitan y nos dan su fuerza, pero cuando un hombre logra vislumbrar su propio centro, ese hombre se convierte en lugar para sí mismo y para otros seres a quienes presta su fuerza o se la resta.

Quise volver a divisar mis propias murallas, mi ciudad interior, y derrumbar de nuevo sus almenas demasiado fortificadas. Quise sondear sus pozos de agua clara demasiado resguardados, abrir brechas en las torres demasiado erguidas, quebrantar sus bastiones, embestir sus puertas, violentar y escandalizar a sus habitantes. Todo estaba tan tranquilo, tan protegido, que empezaba a dar asco.

Las ciudades interiores se edifican alrededor del centro llegando a menudo a ocultarlo por completo. Nos asentamos en ellas, y nos dormimos. Las ciudades interiores son ciudades-dormitorio, ciudades-balneario, ciudades-fábrica, ciudades-estante u otras, ciudades que nos mecen, nos apremian, nos consuelan, ciudades que siempre, de mil maneras, nos confirman. Su material de construccion es el hábito, reconocer es la consigna.

Por eso, para que tiemble el habitante de la ciudad interior, es menester destrozar el paisaje y quebrantar las costumbres, confundirle hasta que el cansancio le derrumbe, hasta que se quiebren sus planteamientos más sólidos, sus más estoicas propuestas, se disuelvan sus expectativas más remotas y su paciencia, y el ánimo más severo se contraiga ante la perspectiva de un nuevo combate.

Arrasar las ciudades interiores es función del enemigo, aquel que posee la fuerza del vacío, el único capaz de convertirnos en lugar de fuerza. Pactar con el enemigo es ya, casi, obtener la victoria.

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¿Cuánto de lo que hacemos lo hacemos por hacerlo y cuánto para contarlo? ¿Qué de nuestra vida está vivido y qué está fotografiado y empaquetado para vivirlo después, cuando pueda ser comunicado? ¿Cuánto de auténtico viaje hay en nuestra vida y cuánto de turismo?

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No hay ira en aquel que nada tiene que defender. Nada tiene que defender el que nada posee, ni a sí mismo. Poseerse a sí mismo es poseer un hueco insaciable.

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El viaje: cada vez más adentro, cada vez más profundo. Viajar es tomar distancia del mí. Viajar es relativizar, desterritorializar, desidentificar. En el viaje, uno se queda con lo que importa, prescinde de los superfluo. Cada vez es más lo superfluo, cada vez es menos lo que importa. Cada vez es más lo que se deja, cada vez menos lo que uno lleva.

El viaje es siempre una franja intermedia. Aquel que de nuevo se establece, aunque sea muy lejos de su lugar de partida, deja de viajar. Se inicia entonces, nuevamente, el ritual del yo, el montaje de la vida, la identificación, la nueva identidad. Hará falta otro viaje. Un volver, tal vez. O una nueva salida.

Cada viaje ahonda en la extrañeza, en la erradicación de lo supuesto, todo aquello que no cuestionamos y sostiene la vida de todos los mí que se agrupan en el nos.

En cada viaje adelgazo más: algo del mí se me pierde. Voy quedando menos.

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Nada me falta. Todo está bien. Estoy en mí, en lo que de mí no es el mí. Sin embargo sé que no está lejos la angustia; quedó atrás, pero aún la puedo oler. No hace tiempo que estaba habitándome y no sé si renunciará tan fácilmente a su presa.

 

Chantal Maillard: Diarios Indios (Pre-Textos)