Archivo para Octubre 2009
El emperador
¡Sí, estimado señor, era asombroso el poder que ejercía el nombramiento imperial! Porque, fíjese, una cabeza corriente que hasta entonces se había movido de un modo natural y sencillo, tan ágil y libre, tan pronta a girarse, a inclinarse, a oscilar y a balancearse, una vez ungida por el nombramiento experimentaba una extraña reducción y, a partir de aquel momento, se movería tan sólo en dos direcciones: en la vertical-hacia abajo, que adoptaba en presencia del Honorable Señor, y en la vertical-hacia arriba, que adoptaba ante los demás. Fijada sobre ese eje “arriba-abajo”, la cabeza no podía moverse libremente, y si la sorprendiéramos por la espalda llamando de repente: “¡Oiga, señor!”, tal cabeza hubiera sido incapaz de volverse; su dueño habría tenido que detenerse con la mayor dignidad y sólo entonces, usando todo el cuerpo, habría podido girar aquella parte hacia el lugar de donde procedía la voz.
[...]
El trono irradia dignidad, pero sólo por contraste con la sumisión que lo rodea; es la sumisión de los súbditos lo que crea su superioridad y le da sentido; sin ella el trono no es más que un decorado, un incómodo sillón de terciopelo raído y torcidos muelles.



